Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Dejamos disponiéndose en el colegio máximo la solemne colocación de santas reliquias. El excelentísimo señor virrey, los cabildos eclesiásticos y secular, los colegios, los republicanos, y las señoras mismas, quisieron tomar mucha parte en la dedicación y hacer alarde no tanto de su riqueza, como de su piedad, y lo que acaso pudiera hacerse increíble, de la grande aceptación y general aplauso que en tan pocos años se ha granjeado la Compañía. De la relación de estay fiestas, sacó a luz un tomo el padre Pedro Morales; pero por ser hoy muy exquisito este libro y tener aquí su propio lugar, daremos una idea general, dejando aquellas particularidades que están bien en una circunstanciada relación, y no tienen lugar decente en una historia. Mandáronse imprimir unos breves sumarios de todas las reliquias, de las muchas indulgencias que la Santidad de Gregorio XIII concedía para el día de su colocación, que se señalaba el 1.º del próximo noviembre, y de otra, que había añadido de su parte el señor arzobispo. Con esto se convidaron las cabezas eclesiásticas y seculares, y las personas más distinguidas de esta ciudad. Y pareciéndoles a los diputados poco concurso el de todo México, despacharon fuera de él muchas copias a todas las ciudades y lugares del reino, con una relación del grande aparato que se prevenía. La devoción o la curiosidad fue tanta, que de muy lejos se vieron correr en tropas a la capital, y su notó, no sin admiración que fuese en fuerza del convite, o lo que parece más verosímil, por una rara y misteriosa contingencia, que de todas las catedrales del reino se hallaron para el día 1.º de noviembre algunos capitulares que la iglesia metropolitana, como si fuera de su mismo gremio, abrazó y honró cuanto fue posible con los más distinguidos puestos. La ciudad y ayuntamiento publicó un cartel literario con siete certámenes, señalando ricos premios y jueces que reconociesen el mérito de las piezas y los adjudicasen a las que debían ser coronadas. Este cartel, con el noble acompañamiento de los diputados y algunos otros caballeros, de muchos colegiales de los seminarios, y otros de los más principales de nuestros, estudios, con ricos vestidos y jaeces, al son de trompetas y clarines, se paseó por las calles. Llegando la vistosa caravana a las casas de cabildo, un heraldo lo leyó en alta voz desde el balcón, y al mismo, en un dosel de damasco carmesí con franjas de oro, estuvo puesto algunos días. Se dispusieron diez y nueve relicarios, cuyo adorno fue de cuenta de las más nobles señoras, que con una piadosa porfía procuraron excederse unas a otras, no menos en la disposición y simetría, que en el número y preciosidad de las joyas. El señor virrey mandó venir los caciques de los pueblos comarcanos con sus respectivas insignias y música.

Trajeron consigo los santos patronos de sus pueblos, y tuvieron a su cargo asear las calles y alfombrarlas de yerbas y llores que aun por noviembre no faltan en la América. Hizo, fuera de esto, Su Excelencia visita de las dos cárceles públicas de la ciudad, y en atención a la solemnidad del día, dio libertad a muchos presos, cuyas causas lo permitían, ofreciéndose Su Excelencia y los reales ministros que lo acompañaban, con grande ejemplo de liberalidad y caridad cristiana, a pagar las deudas que muchos de aquellos infelices eran el único delito que los había conducido a aquel lugar. Acción que enseñó a toda la república, que aquel exterior magnífico no podía ser agradable a los santos, si no le añadían los interiores afectos de piedad, y la práctica de las virtudes cristianas de que ellos nos dejaron tan heroicos ejemplos. Las santas reliquias se condujeron ocultamente de nuestra iglesia a la catedral, de donde debía salir la procesión. Desde aquí hasta nuestro colegio se levantaron cinco arcos triunfales, el que menos de cincuenta pies de alto, todos de muy bella arquitectura de diversos órdenes, con varias pinturas o propias o simbólicas, y sus compartimientos para las tarjas y letras dedicatorias y alusivas, de muy bello gusto. Fuera de estos pusieron los indios a su modo más de otros cincuenta, revestidos de yerba y flores olorosas y adornados de flamillas y gallardetes con varios colores, y de trecho en trecho algunos árboles con sus respectivas frutas, unas naturales, otras fingidas o de cera o de arcilla, y muchos pajarillos, que atados con hilos largos, volaban con alegre inquietud entre las ramas. Las puertas, balcones y ventanas se adornaron con ricas tapicerías y varios doseles de oro y seda. La riqueza de los adornos, y el artificio y disposición fue tal, que el excelentísimo señor don Martín Enríquez, después de verlo todo muy espacio, dijo a los padres y señores que lo acompañaban, que todo el poder del rey en las Indias no era capaz de aventajar lo que en la presente ocasión había hecho la Compañía.

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