Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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No se pasaba con tanta comodidad en la nueva fundación de Puebla. Se habían juntado entre los vecinos limosnas bastantes para la subsistencia de los sujetos. Don Mateo de Maulión, rico y piadoso caballero, cedió a la casa una deuda de mil pesos, de que se cobró la mayor parte; pero todo esto no era suficiente hallándose empeñados en los nueve mil pesos de las casas a que era forzoso satisfacer. Fuera de eso, se habían ido agregando no sé con que esperanza, algunas otras vecinas, como previendo la futura grandeza de aquel insigne colegio. Estos créditos obligaron al padre rector Diego López de Mesa a salir mendigando por las haciendas y pueblos vecinos: los prebendados se sirvieron de darle muchas cartas de recomendación para los beneficiados de aquellos partidos, que son muchos, y de los más pingües del reino. Sin embargo, después de grandes fatigas y de los no pequeños sonrojos que traía consigo un ministerio tan penoso, volvió a casa con solos quinientos pesos. En medio de tantas estrecheces, se veía en los sujetos una paciencia a prueba de muchos mayores trabajos. No parece que vivían sino de la caridad. El utilísimo ministerio de las cárceles y hospitales, fue el que más procuró promover el padre Diego López, y en que heredándose unos a otros el espíritu, ha florecido hasta ahora singularmente este colegio. Un ejercicio de tan poco brillo a los ojos del mundo, de tanta mortificación y de tan común utilidad, lo veremos luego premiado del cielo con una opulenta dotación, y con la más constante prosperidad en lo temporal, que ha gozado algún otro de los colegios de Nueva-España. En la actualidad, de un tenue motivo de ofensión que soplaban algunos espíritus tumultuosos, pudo levantarse un incendio que no acabara sino con la ruina total de aquella residencia. Uno de nuestros predicadores arrebatado de su celo (quizá también con alguna imprudencia, que no pretendemos santificarlo todo) declamó altamente contra la nimia familiaridad y licencia de ciertas personas, cuya profesión y carácter, decía, por grande y respetable que fuese en la Iglesia de Dios, no los ponía, sin embargo, a cubierto de toda sospecha, y cuya conducta en esta parta debía ser por lo mismo tanto más responsable, cuanto más ajena de la pureza y de la santidad que profesar. Esta invectiva pareció mal a cierta persona del auditorio. Creyó que el predicador quería desacreditar a los demás eclesiásticos y religiosas familias para levantarse sobre sus ruinas con estimación de toda la ciudad. Se comenzó a dar mayor extensión a las palabras del orador. Ya se creía ver en ella los caracteres de tal religión, y aun de tal sujeto. Esta calumnia enfrió mucho los ánimos de los republicanos, y atrajo a los padres una suma pobreza y despego de toda la ciudad, que no venció sino después de mucho tiempo la constancia y el silencio.

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