Historia de la compañía de Jesús en Nueva España

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Entretanto, un nuevo y fecundísimo campo se abría a nuestros operarios de merecimientos y de trabajos en el mismo obispado de la Puebla. Dijimos antes el bello hospedaje que se había hecho a los nuestros en el Puerto de Veracruz, las singulares demostraciones con que fueron recibidos, los ruegos e instancias que obligaron al padre provincial Pedro Sánchez a predicar allí el primer sermón, y que le abrían obligado a dejar en aquella ciudad algunos de sus compañeros, a no ser necesario conforme a la real instrucción presentarse todos al virrey. Estos deseos que la necesidad hacía crecer, les hicieron pedir después misioneros, que en dos cuaresmas predicaron con grande suceso y reforma de las costumbres. A principios del año antecedente había estado allí por algún tiempo el padre Pedro Díaz esperando ocasión de embarque para Europa. La humilde y modesta circunspección del padre procurador, junto con aquellas maneras dulces e insinuantes que fueron siempre su carácter, su prudencia y expedición en las resoluciones de las muchas consultas que a cada paso le hacían, con ocasión de su comercio, todo esto, digo, les hizo formar idea de la suma utilidad de un colegio de sujetos del mismo desinterés, de la misma literatura y del mismo espíritu. Trató la ciudad seriamente de procurar a la Compañía establecimiento en el país, e informado de sus deseos y prudentes medidas, el padre Pedro Díaz antes de partirse para España, escribió al padre provincial cuan justo le parecía condescender con las piadosas intenciones de aquel ayuntamiento. Verosímilmente fuera de México, en ninguna parte parecía más urgente una residencia. Era una población en que necesariamente habían de mantenerse siempre muchos españoles por la comodidad del puerto, el único por donde se comunica la Nueva-España con la antigua. El comercio de Europa, que es todo el ser de la pequeña ciudad, aunque la enriquecía muchísimo, le traía en lo moral muy fetales consecuencias. Los soldados y la gente de mar, dos géneros de gentes que hacen como una pública profesión del libertinaje, y los mercaderes y ministros reales, eran todo el vecindario distinguido. Los tratos injustos y usurarios, las extorsiones, el juego, la embriaguez, los homicidios, la blasfemia, dominaban cuasi impunemente como en su región, y eran una continua materia de sobresalto y de dolor para los cuerdos y los piadosos.

Se carecía cuasi enteramente de pasto espiritual, no bastando el cura para todo: ninguna de las familias religiosas tenía casa aun en la ciudad, ni era muy fácil acomodarse a un temperamento de los más inclementes de la América. El padre provincial vino gustosamente en la propuesta del padre Pedro Díaz, y petición de la ciudad, a que fuera del provecho y utilidad común, se allegaba la comodidad de tener en aquel puerto algún hospicio o casa donde se recibiesen nuestros misioneros, que después de una navegación tan dilatada, padecían bastante con el rigor e intemperie de aquel clima, o se veían precisados a ser onerosos al vecindario. Se enviaron, pues, a la Veracruz los padres Alonso Guillén y Juan Rogel. Este había estado hasta entonces gobernando el colegio seminario de Oaxaca. Acostumbrado al temple caluroso de la Habana y al genio de la tropa y marineros, pareció el más a propósito para fundar, y dar crédito a la Compañía en un país semejante.

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