La Vida Está En Otra Parte coverCapítulo 7
Capítulo 7

Parte 5: EL POETA TIENE CELOS

CAPÍTULO 7

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Ante el edificio de la policía había un pequeño autobús con las puertas cerradas y junto a él los poetas esperaban a que llegara el chófer. Con ellos se hallaban dos policías, los organizadores de la velada y, por supuesto, también estaba Jaromil, que aunque conocía de vista a algunos de los poetas (por ejemplo, al sesentón que había actuado hacía algún tiempo en el mitin de su facultad y había recitado un verso sobre la juventud) no se atrevía a dirigir la palabra a ninguno de ellos. Lo único que paliaba su inseguridad era que hacía diez días que, por fin, habían sido publicados cinco poemas suyos en la revista literaria; aquello significaba para él un certificado oficial de que podía llamarse poeta; llevaba la revista, por si acaso, doblada en el bolsillo interior de la chaqueta, de modo que parecía como si un lado lo tuviera varonilmente liso y el otro femeninamente saliente.
Llegó el chófer y los poetas (once, contando a Jaromil) subieron al autobús. Tras una hora de viaje, el autobús se detuvo en un agradable paisaje campestre, los poetas bajaron, los organizadores les enseñaron el río, el jardín, la residencia, les dieron un paseo por toda la casa, les enseñaron las aulas, el salón (en el que al poco rato tendría lugar la solemne velada), les obligaron a visitar las habitaciones (tres camas en cada una) donde vivían los alumnos (los cuales, sorprendidos, se ponían firmes saludando a los poetas con la misma disciplina cuidadosamente ejercitada que si fueran una patrulla de control que viniera a vigilar el orden en las habitaciones) y finalmente los condujeron al despacho del comandante. Allí estaban preparados unos canapés, dos botellas de vino, el comandante con su uniforme y, también, una chica excepcionalmente bonita. Después de darle todos la mano al comandante y decir cada uno su nombre, el comandante señaló a la chica: «Ella es la que dirige nuestro círculo cinematográfico», y les explicó a los once poetas (que le dieron uno tras otro la mano a la muchacha) que la policía popular tenía su propio club, en el cual se desarrollaba una amplia vida cultural; tenía un conjunto teatral, un coro, y ahora se había montado un círculo cinematográfico dirigido por esta joven, que estudiaba en la escuela de cine y era tan amable que quería ayudar a los jóvenes policías; por lo demás, tenía aquí a su disposición todo lo que le hacía falta: una cámara excelente, un sistema de iluminación y, sobre todo, jóvenes con tal entusiasmo que el comandante no sabía si es que se interesaban tanto por el cine o por la instructora.