Ulises criollo coverCAPÍTULO 7777
CAPÍTULO 7777

El intelectual

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Las dudas se adormecían con las discusiones seudofilosóficas de nuestro cenáculo literario. Caso seguía siendo el eje de nuestro grupo; pero su carácter apático y a ratos insociable no hubiera mantenido alianzas sin la colaboración de Henríquez Ureña. Educado en colegios de tipo antiguo, desconocía por completo la teoría científica y el proceso del pensamiento filosófico. En preparación literaria, en cambio, nos aventajaba. Por su iniciativa entró a nuestro círculo, demasiado abstracto, la moda de Walter Pater. Su libro dedicado al platonismo durante mucho tiempo nos condujo a través de los Diálogos. Leíamos éstos en edición inglesa de Jewett. En la biblioteca de Caso o en la casa de Alfonso Reyes, circundados de libros y estampas célebres, disparatábamos sobre todos los temas del mundo. Preocupados, sin embargo, de poner en orden a nuestro divagar y buscando bases distintas de las comtianas, emprendimos la lectura comentada de Kant. No logramos pasar de la Crítica de la razón pura; pero leíamos ésta párrafo a párrafo deteniéndonos a veces en un renglón. Luego, como descanso y recreo de la tarea formal, leíamos colectivamente el Banquete o el Fedro. Llevé yo por primera vez a estas sesiones un doble volumen de diálogos de Yajnavalki y sermones de Buda en la edición inglesa de Max Müller, por entonces reciente. El poderoso misticismo oriental nos abría senderos más altos que la ruin especulación científica. El espíritu se ensanchaba en aquella tradición ajena a la nuestra y más vasta que todo el contenido griego. El Discurso del método cartesiano, las obras de Zeller sobre filosofía griega, y Windelband, Weber, Fouillé en la moderna, con mucho Schopenhauer y Nietzsche por mi parte y bastante Hegel por la de Caso, tales eran los asuntos de nuestro bisemanal departir. De Hegel leí la Estética, saboreando la contradicción que me inspiraba cada página. Por ejemplo: desde antes de conocer el gótico ya tenía formulado el propósito de escribir una estética fundada en la cúpula irónica. Prefería el arte profuso totalizante de la India al arte esquemático que el europeo adopta de modelo a causa de cierto simplismo estético o bien por exceso de abstracción idealista. Hurgando en el pensamiento exótico caí, por fin, en mi predilección más permanente: la Escuela de Alejandría. La conocí a través del libro admirable de Vacherot. Había de él un solo ejemplar en la Biblioteca Nacional. Durante muchos años traté de adquirir esta obra que tantos anhelos despertaba en mi conciencia. En mis destierros por los Estados Unidos volví a encontrarla en las bibliotecas de Washington y de Nueva York, pero siempre como ejemplar raro. Y una vez en París me la señalaron en un catálogo de ediciones agotadas; pedían quinientos francos por el volumen. Ya había sido hasta ministro, pero no pude afrontar el gasto. Al principio, los discursos de Juliano, que Vacherot da en resumen, me causaban emoción profunda, me hacían llorar. Imaginaba al gran equivocado perdonado por Jesús, reconciliado en lo Divino. Otra edición que en vano procuré poseer es el Bouillet con las Eneadas, de Plotino, que leí en la Biblioteca Nacional.
Alfonso Reyes (1889-1959).