CAPÍTULO 8080
Barbarie adentro
CAPÍTULO 8080Visible text2 paragraphs
Los azares de la clientela me llevaban también por sitios menos afinados por la cultura y, en ocasiones, por sitios completamente hoscos. Cahitas era una estación de tres casas, una especie de hospedería. Los viajeros se apeaban del tren en Cahitas para seguir en diligencia hasta Nieves. Por imprevisión fui a dar allí en domingo y no corría diligencia hasta el martes. Una de las tardes más tristes de mi vida fue la de aquel domingo. Nada sabía entonces del arte difícil de la paciencia. Y en vano ensayaba disciplinas yoguis para encontrar interés a las plumas de gallina que el viento levantaba en torno a la mísera posada. Apenas una cerca de alambres nos separaba del arenal. Muy distante se erguía el perfil azuloso de unos montes y el alma se contagiaba con la sequedad de la llanura. Al cabo de súplicas y regateos, un cochero aceptó conducirme en un carruaje de dos ruedas y un caballo: una «chispita». Salimos el lunes, economizándome un día de espera. Partimos de madrugada en dirección de las Tetillas, de cerros paralelos que justifican su nombre. En ellos se parte el camino, a la derecha en dirección de Sombrerete, donde el mineral aflora en la montaña, y a la izquierda, rumbo a Nieves, el final de mi ruta, otro mineral pacífico y próspero. Corría la chispita por la senda que deshace el matorral y escapaban las liebres, sin mayor susto, un poco extrañadas de que alguien se aventurase por sus reinos solitarios. Al acercarnos a la serranía, el terreno se puso menos árido y empezamos a ver ganados. Un toro estacionado cerca de las rodadas que seguía nuestro cochecillo se nos quedó mirando amenazante; pero el cochero arreó sin miramientos y la fiera se quedó perpleja, inocente y hermosa.
A mediodía estuvimos en Río Grande. Allí alquilé caballos y un guía para las pocas leguas que me separaban del término del viaje. En este Río Grande, mientras almorzaba en la fonda escuché las conversaciones, examiné los tipos. Me sentía extraño entre aquella gente de pantalón pegado a la pierna, lanzadores y vaqueros que no hablaban sino de peleas de gallos, apuestas y coleaderos. Y con asombro, y sin simpatía por aquel género de vida, me preguntaba: ¿Será esto de verdad México y no la corteza de europeísmo que mantenemos en las ciudades? Por lo menos la larga paz porfiriana había relegado a su sitio a aquellos tipos vulgares. Sin embargo, allí estaba la cizaña que Carranza sembraría por el país, con disfraces de generales y de caudillos. No eran los pobres ni los explotados, sino los pequeños caciques, los mayordomos desleales que matarían al patrón para hacerse propietarios. El labrador indígena la haría de recluta para ser otra vez traicionado. Proletarios de reloj y cadena de oro, los llamaba cierto ministro carrancista que detestaba a Villa, pero se hacía sordo al escándalo de los rufianes que exaltaba Carranza. No me pasó por un momento la idea de que aquella plebe gallera y alcohólica sería en pocos años dueña de la República. Nos forjábamos demasiadas ilusiones acerca de un progreso que apenas rebasaba el radio de las grandes ciudades. La patriótica revolución de los maderistas afectó apenas a aquella gente. La corrupción carranclana primero, y la corrupción definitiva del callismo, han tomado en ella el material con que se fabrican los ministros ladrones, los diputados analfabetos, los militares asesinos.
