CAPÍTULO 8181
El violín en la montaña
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De Durango al suroeste las tierras son espaciosas. A trechos verdean en ellas trigales que no se sabe a quién van a alimentar, perdidos en la soledad. En ciertas extensiones se forman lagunas que se denuncian a distancia por el vuelo de los patos silvestres. Al borde mismo de la meseta existe un paradero denominado las Bocas, porque allí se abren sendas en la mole inextricable de la Sierra Madre Occidental. Se deja allí el coche para montar caballo o mulo de esos que arañan con las pezuñas los granitos a las orillas de los precipicios. Mientras el guía toma un bocado y se ensillan las bestias, procuro dormir un momento para reponerme de la feroz madrugada. El catre hecho de tiras de cuero de vaca lastima las carnes, y el ruido de la conversación no cesa en la tienda contigua. Entran y salen indígenas preparando su carga para el camino. Otros se proveen de tabaco y velas y jarciería. No pasan de tres las casuchas pero las voces, los ruidos, resuenan amplificados contra el granito de montañas que, cerradas en ollas, nos circundan, nos agobian con su soberbia inclemente.
Suena de pronto el violín del indio ciego que está a la puerta. Es un instrumento de madera sin barnizar y tres cuerdas gruesas, resecadas al sol. El arco de cerda es también imperfecto y arranca una melodía lastimera, desentonada, que se repite y repercute en la quebrada distante. Una extraña emoción despierta en la soledad. El ambiente primordial se estremece como si el ciego con su insistente melodía excitase uno de los nervios ocultos del cosmos. El ciego no mira la áspera rugosidad de los basaltos gigantescos; pero la caja de su tosco instrumento capta el ritmo de la cosa en su inmensidad, lo transforma en son y lo hace entrañable. La montaña como en un encantamiento, prescinde de su hosquedad e invita a penetrarla; seguramente había poesía atesorada en sus abismos, altivez en sus riscos, ninfas en la hondonada y chorros cristalinos en el resquicio de las peñas. Hálito sordo de la piedra hecho melodía, se inserta al corazón y se transforma en sensibilidad. Una multitud de sugerencias confusas nace del terco son. Lanzando al encuentro de la peña su melodía, el ciego penetra en el secreto de lo inerte como no logran hacerlo los ojos, construidos para reflejar superficies. El sonido, en cambio, es la mirada en profundidad; el sondeo que perfora, rompe velos, murallas. Oyendo tal música entraba anhelo de abandonar papeleo y negocios para seguir por lo intrincado del monte, hasta los huecos en que se escucha el rumor de los átomos.
