Subcapítulo 7
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 1: El Hombre Nuevo
SUBCAPÍTULO VII
Subcapítulo 7Visible text2 paragraphs
La amistad de Casado y Guerra crecía y se afianzaba con el trato. La copiosa biblioteca del cura feo iba pasando, volumen a volumen, por las manos de su discípulo, el cual se permitía comentar sus lecturas con una libertad que otro menos despierto y tolerante que D. Juan no hubiera consentido. Charlaban más que discutían, aunque a veces Ángel hizo gala de opiniones extrañas y un tanto sediciosas, que el otro celebraba por su originalidad, y rebatía con la argumentación de carretilla usada por los escolares en las academias de gimnasia dialéctica. En cuanto a los estudios, no toda la ciencia eclesiástica era igualmente atractiva para Guerra, pues si los Lugares teológicos le causaban tedio, la Liturgia le enamoraba, como arte de los ritos que tiende a sensibilizar todas las ideas cristianas. Estudiábalo con deleite, admirando el poder imaginativo de los creadores del maravilloso simbolismo, inspirador del arte religioso, sistema que entraña una peregrina adaptación de las ideas a la forma, y que ha tenido la mayor parte en la universalidad y permanencia de la fe católica. No hay que decir que le bastó ejercitar un poco el latín eclesiástico para dominarlo.
Lectorem delectando, pariterque monendo, logró Casado arrancar a su discípulo multitud de preocupaciones, y quitarle repugnancias de antiguo existentes en su alma, entre las cuales la más difícil de extirpar fue la que el Seminario le inspiraba. Era como un miedo pueril que se cura, mirando de cerca el objeto de que proviene. Trabajillo le costó a don Juan llevarle al Seminario, como de visita; pero una vez allí, la aprensión se disipó como por encanto. Casi todos los profesores eran amigos y compinches del cura sagreño, personas simpáticas y agradables, que recibieron bien y agasajaron a D. Ángel, poniéndose a sus órdenes, franqueándole la biblioteca, y mirándole, en suma, como una adquisición preciosa que debía ser tratada con todo miramiento. Al salir le decía Casado: «¿Lo ve usted? Estos infelices no se comen los niños crudos.
