Ángel Guerra coverSubcapítulo 6
Subcapítulo 6

Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 1: El Hombre Nuevo

SUBCAPÍTULO VI

Subcapítulo 6Visible text2 paragraphs
Era la viuda de Fraile gran madrugadora. Al toque de alba (doce solemnes campanadas que da Mariano poco antes de romper el día, y que se oyen de toda la ciudad), saltaba de su lecho y presurosa se vestía. En ayunas salía de casa, y arrebujada en su mantón color de papel de estraza, con zapatos de patio grueso y mitones obscuros, emprendía la marcha hacia la Catedral, por el jardinillo de los Postes y el Nuncio Viejo, comúnmente sin encontrar un alma. Ya los pájaros piaban saltando de rama en rama en las acacias de la plazuela de San Nicolás. La luz de la aurora, tímida y soñolienta, principiaba a dar vida y color a las partes altas de la ciudad; las sombras de las calles se atenuaban; oíanse cantos de codornices y algún esquilón de convento lejano, cuyo sonido parecía temblar de frío, como la mano de la monja que desde el coro tiraba de la cuerda. En las boca-calles refilaban corrientes de aire glacial, cortantes como espadas de la tierra. Aún no se oían los pregones del lechero y carbonero, ni el trote vivo de los caballos en que se reparte el pan a domicilio.
Llegaba Felisita a la Puerta Llana antes que las otras abonadas, a excepción de una de ellas, ciega, que debía de ir a media noche, pues la más madrugadora siempre la encontraba allí, hecha un ovillo junto a la vera. No tardaba en comparecer doña Mauricia, la tía de los dos capellancitos mozárabes, Úrsula Morote y otras beatas más o menos viudas, con quienes la de Fraile conversaba un ratito, echando pestes contra Mariano por su tardanza en abrir. Llegaba también un viejo con trazas de obrero inválido, capa raída de raja parda color de regaliz, calzón azul manchado de yeso, y montera o boina de lo más traído. Éste y otro de igual empaque eran candidatos a apóstoles, es decir, que habían puesto en juego sus influencias para figurar en el lavatorio del próximo Jueves Santo. Felisita les apoyaba con toda su privanza sacristanesca y capitular; pero se temía que vencieran otros pretendientes con mejores aldabas. Luego aparecía el monaguillo que ayudaba la misa del Santo, y al poco rato otros que para entrar en calor se ponían a jugar a la pelota contra el muro de la Catedral. Abríase la confitería de enfrente, y un señor arreglaba en el escaparate las bandejas de yemas y bizcochos.