Subcapítulo 2
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 3: Caballería Cristiana
SUBCAPÍTULO II
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Salieron a recrear la vista en la hermosura del campo florido, ya con toda la lozanía y frescura de Abril, y Ángel dio explicaciones a su amigo sobre las novedades que allí encontraba. Habiéndole propuesto en buenas condiciones la compra del cigarral colindante, no vaciló en adquirirlo para ensanchar sus dominios. Más que por su extensión, superior a la de Guadalupe, gustole Turleque por su espaciosa casa, la cual, modificada en su distribución interior, podría servir de albergue cómodo para quince o veinte personas. En ella pensaba el fundador instalar, por vía de ensayo, a unos cuantos infelices que, arrimados ya al calorcillo de su caridad, formaban parte de su familia doméstica y en cierto modo religiosa. Los albañiles que Casado vio al entrar trabajaban en la reparación del edificio de Turleque, recorriendo el tejado, armando tabiques y abriendo puertas y ventanas. En otra casa de la misma finca vivían los cigarraleros de ella, marido y mujer, ambos de ancianidad bíblica, que Ángel no quiso despedir, aunque no los necesitaba.
Y que no faltarían habitantes para el retiro provisional de Turleque y Guadalupe, lo probaba la prisa que algunos desheredados de la fortuna se daban para pedir albergue en él. Allí vio D. Juan a la ciega madrugadora, primera ocupante de la Puerta Llana, una hora antes de que se abriera la Catedral. Vio también a dos de los llamados apóstoles, uno de ellos cegato, cascarrabias y paticojo, el otro bastante tieso todavía; como que estaba ayudando a los peones que destruían la tapia divisoria de las dos fincas, y cargaba espuertas de tierra, despacito, eso sí, para no sofocarse. Hablaron con la ciega, que se dijo contenta en aquella vida; sólo echaba de menos la misita de alba que era su espiritual desayuno. «No apurarse, hermana -le dijo el amo-, que ya tendremos catedral». La ciega dio las gracias sin poner ninguna expresión en su cara inmóvil, muerta, privada de todo signo de lenguaje fisionómico. Era joven y había perdido la vista a los doce años, de viruelas, que le dejaron el rostro como un rallo.
