Subcapítulo 3
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 3: Caballería Cristiana
SUBCAPÍTULO III
Subcapítulo 3Visible text2 paragraphs
A los pocos días de aquella campestre actividad y de casi continuo vivir al aire libre, mejoró notablemente el estado nervioso del neófito, que dormía bien, y ni de día ni de noche volvió a tener alucinaciones, como el encuentro con su propia imagen vestida de cura. Adquirió su alma una serenidad apacible, en la cual veía claramente los nuevos horizontes de su vida. Sentíase fuerte contra las tentaciones, y aun robustecido por la lucha para combatirlas y vencerlas. El estado eclesiástico que pronto abrazaría, representábasele como el más hermoso, el más perfecto, el más adecuado a las ansias de su espíritu, y cuando atrás volvía los ojos para echar un vistazo a su vida pretoledana, sentía tal repugnancia, que antes quisiera mil veces la muerte que volver a ser lo que fue y a pensar lo que entonces pensaba.
El constante trato con sus huéspedes, amigos o hermanos, servíale de distracción y enseñanza, pues observaba sus caracteres, sus buenos o malos hábitos, y de ello inducía reglas prácticas para lo porvenir. A los dos días de residir en Turleque, D. Eleuterio Virones se había convertido en el más desaforado ganapán que jamás se vio en aquellos campos. No pudiendo resistir a la instintiva comezón de ejercitar su titánica fuerza, cargaba piedras enormes, poniéndolas al pie de obra, hacía pared, ayudaba a Cornejo en algún trabajo agrícola, se encaramaba en las techumbres para colocar tejas, y era, en fin, de suma utilidad. Y no le hablaran a él de libros, ni de latines, ni de cosas espirituales o sabihondas. No lo hablaran tampoco de embobarse delante de una puesta de sol, ni de poner los ojos en blanco porque olían los tomillos o cantaban los pájaros. No era poeta, ni entendía de tales cosas. Así pues, aunque se llevaba muy bien con D. Pito, no concordaban en sus gustos y aficiones, pues si al capitán no le daba el naipe por el trabajo físico, ni por la constructividad, Virones no se divertía cogiendo grillos, ni saltando de peña en peña, ni hocicando en los espesos matorrales por ver si había nereidas de refajo escondidas en ellos.
