Subcapítulo 1
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 4: Ensueño Dominista
SUBCAPÍTULO I
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En los días de estas vulgares ocurrencias poco dignas de ser contadas, volvió de la Sagra el clérigo D. Juan, lo que tampoco merece, bien mirado el caso, figurar en las páginas de la Historia. Diversos móviles le trajeron a Toledo al mes escaso de haberse ido, y entre ellos fue de más peso la necesidad de hacer algunas compras que el recrudecimiento de los achaques de Felisita, con vahídos frecuentes y dilatación lacerante del diafragma (por haber sabido que el Penitenciario y otro canónigo se habían puesto como ropa de pascuas en la última reunión capitular). Estas y otras razones precipitaron su vuelta, y al siguiente día de su llegada, que era domingo, se encaminó al Socorro, obedeciendo a un recadito que desde allí le enviaron.
Como día festivo, casi todas las hermanitas estaban en casa, pues según las reglas de su instituto, las que asistían enfermos que no se hallaran en situación de suma gravedad, retirábanse el sábado por la tarde, consagrando veinticuatro horas a la oración, al descanso y a recrear sus ánimos con distracciones inocentes. Cuando Casado entró, a eso de las cuatro, algunas rezaban en la capilla, y las más rebullían como colegialas en el patio de la casa, el cual, aunque con honores de jardín o huerta, no podía negar que había sido corral de gallinas. La primera que salió a recibir a D. Juan fue la Madre Sor Victoria, que le dejó al poco rato en poder de Sor Lorenza y Sor Expectación, la negra de alabastro, ambas con el rostro muy encendido por haberse sofocado en el bullicioso juego de las cuatro esquinas.
