Vida y destino coverCAPÍTULO 47
CAPÍTULO 47

PARTE 2: SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO 47

CAPÍTULO 47Visible text2 paragraphs
Sofia Ósipovna avanzaba con paso pesado, cadencioso, y el niño se aferraba a su mano. Con la otra mano, el pequeño palpaba en el interior de su bolsillo la caja de cerillas donde guardaba entre algodones sucios una crisálida marrón oscura que hacía poco, en el vagón, había salido del capullo. A su lado caminaba balbuceando el mecánico Lazar Yankélevich y su mujer, Deborah Samuílovna, llevando a un bebé en brazos. A su espalda Rebekka Bujman susurraba: «¡Dios mío, Dios mío, Dios mío! ». La quinta de la fila era la bibliotecaria Musia Borísovna. Tenía los cabellos bien peinados y su cuello de encaje parecía blanco. Durante el viaje había intercambiado varias veces su ración de pan por media taza de agua caliente. La tal Musia Borísovna siempre estaba dispuesta a darlo todo; en su vagón la tenían por una santa, y las viejas, que de hombres y santos entienden, iban a besarle el vestido. La fila de delante estaba compuesta por cuatro personas. Durante la selección el oficial había apartado de repente a dos miembros de la familia Slepoi, padre e hijo, que, al ser preguntados por su profesión, habían gritado: Zahnarzt, Y el oficial asintió con la cabeza. Los Slepoi habían acertado, se habían ganado la vida. De los cuatro que habían quedado en la fila, tres caminaban balanceando los brazos, aquellos brazos que habían sido considerados inútiles; el cuarto andaba con paso seguro, el cuello de la chaqueta levantado, las manos en los bolsillos y la cabeza alta echada hacia atrás. Cuatro o cinco filas delante de ellos sobresalía la cabeza de un anciano tocado con una gorra de invierno del Ejército Rojo.
Justo detrás de Sofia Ósipovna marchaba Musia Vinokur, que había cumplido catorce años en el vagón de mercancías.