Oriente by Vicente Blasco Ibáñez — Read

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Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas de rojo por las techumbres de los "chalets" y coronadas por la diadema negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere un carácter áspero y bravío.

Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las desventuras amorosas de su «Corina», que fué una "superhembra" de su época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo Krüger.

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