Explore "Los buenos muchachos" by José María de Pereda on Textopian. Read with annotations and highlights.
Si tratáramos ahora de llamar las cosas por su verdadero nombre, deduciríamos de todo lo expuesto, dentro de la más inflexible lógica, que el «buen muchacho» no es otra cosa que un quidam soberbio, entremetido, fisgón é ignorante. Escandalízase de los hombres que, sin remilgos ni estudiadas protestas de humildad, se muestran en lo que valen, y él, con la previa advertencia de que no vale nada, se atreve á meterse en todas partes para imponer su razón á los demás. Á nadie concede competencia para nada, al paso que él, confesándose el último de los hombres, se porta como si la tuviera para todo; no halla en la pluma ni en los labios de su vecino una cuestión que le parezca bastante digna de ocupar la atención pública, y al día siguiente pretende él absorberla entera sacando á plaza pequeñeces y vulgaridades de portería. Ofende á su moralidad un pecado oculto, y él, para enmendarlo, le descubre, le comenta y le propaga; no juega, no jura, no malgasta; pero, con la mejor intención, _se conduele_ á gritos de Juan y de Pedro, que juran, no ahorran y, _según sus noticias_, juegan. En suma, sus labios jamás se abren para elogiar; siempre para maldecir.
Por lo demás, el ser «buen muchacho» es un gran negocio, máxime cuando el teatro representa una población lo suficientemente pequeña para que todos nos codeemos y nos conozcamos.