Los bandidos de Río Frío coverCAPÍTULO 47
CAPÍTULO 47

PARTE II

El capellán y el cura

CAPÍTULO 47Visible text2 paragraphs
Mucho ruido en la ciudad a causa del robo de la casa de doña Dominga de Arratia, tanto porque era una persona conocida de muchas familias, como porque no dejó de saberse, con todos sus pormenores, el descubrimiento del secreto de la caja fuerte que había hecho construir desde que compró la casa, en la espesa pared divisoria.
Doña Dominga mandó poner trancas y cerrojos en todas las puertas; pidió al Ayuntamiento dos serenos de confianza, uno para la azotea y otro para el portal de la calle; el marido compró pistolas, escopetas y mucho parque; pero ya era inútil. El oro sacado de la alacena no volvería más. Hecha un mar de lágrimas, no tenía más consuelo que visitar las más noches a Prudencia y a Coleta, hablarles de su desventura y de las agonías que experimentó desde que escuchó los pasos en la azotea hasta que la portera la vino a libertar. ¿Quién había indagado dónde guardaba su dinero, pues ni a su confesor se lo había comunicado? Recayeron sus sospechas en Inocencia; pero la pobre muchacha había sido la primera víctima; así, no era posible, y desechó ese mal pensamiento; se devanaba los sesos y no podía descifrar el enigma. El marido acobardado, pasaba las noches en vela, y con las pistolas en la mano, escuchando siempre pasos en la azotea. No pudo aguantar más y se decidió a marcharse a la hacienda, donde jamás habían penetrado Los Dorados y se consideraba más seguro. Ella, tan nerviosa y tan enferma del susto, concluyó por pedir asilo por unos días a sus amigas, y don Pedro Martín no tuvo dificultad en consentir.