CAPÍTULO 50
PARTE II
La Providencia
CAPÍTULO 50Visible text2 paragraphs
Al acontecimiento de San Pedro se le echó tierra; San Ciprián fue absuelto en el Consejo de Guerra, y publicó un folleto vindicando su conducta, refiriendo los sucesos a poco más o menos como pasaron, pero descargando toda su furia contra el licenciado Bedolla, que ya no podía vindicarse. Los dos muchachos calaveras murieron en el hospital a resultas de sus heridas, que eran numerosas.
El atrevido golpe de Relumbrón no hizo ni poco ni mucho ruido. Parece que en ciertos períodos, más o menos cortos, se suspende la acción benéfica y reguladora de la Providencia, y permite a los malvados cometer con la más completa impunidad los más horrendos crímenes. La casa del conde del Sauz siguió, como de costumbre, silenciosa sombría y cerrada como si nada hubiese pasado. El dependiente acostumbraba cada semana escribir una carta de estampilla a don Remigio, diciendo generalmente que no había novedad, o dándole noticia de los pocos asuntos que ocurrían, y acababa de echar su carta al correo cuando fue sorprendido por el tuerto Cirilo. Relumbrón esperaba, pues, que pasarían muchos días antes de que pudiera descubrirse el crimen, y aun entonces ¿por qué se lo habrían de atribuir a él, ni quién podía remotamente sospechar que había sido el autor? El único testigo que hubiese podido un día u otro comprometerlos, era Valeriano, y ése había desaparecido. Cuando con el oro que encontraron terminaron el último viaje, tomó Evaristo las riendas de las mulas del coche y se dirigió a la Viña. Valeriano continuó a su lado en el pescante, silencioso y preocupado. No tenía ni la más leve idea de que su amo, el dueño de la hacienda de Arroyo Prieto y del molino de Perote, pudiese ser un ladrón; pero no le podía caber duda, lo veía, él mismo era cómplice involuntario, y todavía no lo quería creer; pero ya en la situación en que estaba, no tenía más que obedecer hasta que concluyera la aventura. Evaristo condujo el carruaje por calles extraviadas hasta los callejones apestosos de esa ciudad de basura que hemos descrito al principio de esta obra, donde la vieja Nastasita salvó a Juan que estaba a punto de ser devorado por los perros hambrientos.
