CAPÍTULO 53
PARTE II
Sentencias de muerte decretadas por Evaristo
CAPÍTULO 53Visible text2 paragraphs
Los horrores y sangre de la hacienda de San Vicente, las agitaciones políticas de la capital y los tormentos del alma de Relumbrón, no habían turbado la serenidad del cielo azul en que vivían doña Severa, Amparo y Casilda, y mencionamos a Casilda, porque ya no era criada, sino que se contaba como de la familia; tanto así supo la muchacha granjearse el cariño de sus amas.
Las tertulias de Relumbrón cada vez eran más lucidas. La asistencia, sin faltar un solo jueves, del marqués de Valle Alegre, les había impreso un carácter altamente aristocrático. Ya no concurrían allí tenientes de caballería, ni escribientes de la dirección de loterías, ni corredores de semillas, sino personas de todo peso por su dinero, por su posición social o por su talento como poetas y literatos. El maestro Elízaga no faltaba, y cada semana era un vals, unas cuadrillas, una improvisación del más refinado gusto y de la más completa novedad. Todo pasaba de la manera más cordial, y las horas se deslizaban sin sentir.
