CAPÍTULO 59
PARTE II
Una incursión de salvajes
CAPÍTULO 59Visible text2 paragraphs
Los comanches, en el tiempo en que pasaron estos acontecimientos, vivían diseminados en esas interminables y solitarias praderas de la frontera del norte, que hoy son atravesadas por grandes líneas de caminos de fierro, que unen las Californias con Nueva York y México.
Para cazar el cíbolo se citaban, se reunían, celebraban un gran consejo, discutían y formaban su plan de campaña, y en seguida marchaba un considerable número de guerreros, atravesando a caballo en poco tiempo grandes distancias, hasta que reconocían, con el instinto admirable que sólo ellos tienen, los lugares por donde debían pasar las numerosas manadas de cíbolos que, huyendo del frío de las regiones heladas del norte, venían a buscar el pasto a veces muy cerca de nuestras fronteras. Con flechas, lanzas y armas de fuego, los indios hacían una carnicería horrible en esos inofensivos animales, les quitaban las pieles y las lenguas, y las iban a vender a las factorías de la frontera de los Estados Unidos, recibiendo, en cambio, armas de fuego, pólvora, tabaco, abalorios y aguardiente. Cuando se habían provisto de todo esto, se dividían de nuevo en tribus más o menos numerosas, mandadas por un capitancillo, y comenzaban a penetrar en las fronteras mexicanas, cometiendo en los ranchos y pequeñas poblaciones indefensas de los Estados de Sonora, Chihuahua y a veces Durango, Coahuila y Tamaulipas, todo género de atrocidades.
