Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Daniel Corvo alcanzó una primavera tardía. Verdecían ya las empinadas laderas de Oz y Neva, pero aún había nieve en las cimas. Daniel ya lo sabía. Hegroz no era buen pueblo. Abandonado al fondo de un valle, las montañas de la sierra formaban en torno un ancho círculo, como una muralla. Barrancos abajo, le llegaban tres ríos, y había en Hegroz, quizá por eso, algo como un rumor bajo, constante, envenenador. Pero Daniel recordaba con amor los bosques: los robles, las encinas y las hayas. Las grandes choperas, los mimbres del río, las cuevas de murciélagos y los insectos. Aquellos que cuando el sol daba de lado se volvían azules, y de frente, verdes o morados. Al recuerdo de Daniel volvió el olor del trigo, del centeno y la cebada. Los ariscos terrenos de labor, los pagos lejanos y empinados llenos de piedras, cardos y maleza. Era tierra de bosques y de pastos. Un pasto fuerte, verde y oloroso que daba una carne de gusto salvaje, sangrante.
Bien sabía Daniel que Hegroz no era un buen pueblo. Peor, quizá, desde que fue a parar a manos de Lucas Enríquez. Tras dieciséis años de ausencia, Hegroz se le aparecía sumido en una especie de indiferencia fatalista, consciente e impotente ante el fin que se avecinaba. Iban a echarles de allí de un momento a otro. Les expropiaban las tierras y casas, porque Hegroz iba a convertirse en un pantano. A un kilómetro del pueblo, entre las vertientes orientales de Neva y Oz, desde las negruzcas aguas del río Agaro, se alzaba una mole de cemento y hormigón, como una antigua fortaleza, como una muralla fantasmal deteniendo el curso del río. Era la gran presa en construcción. En ella trabajaban obreros de los pueblos cercanos en turnos de día y noche, y los presos del Destacamento Penal. El campo de éstos, rodeado por una ancha empalizada de troncos, su barracón largo y cerrado, eran nuevos en el cercano Valle de las Piedras.