Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Pasó la primavera y llegó el verano. De cuando en cuando, Daniel bajaba a Hegroz, y entraba en la taberna del Moro. Se sentaba a una de las mesas del rincón y bebía. Sus ojos vagaban por las paredes sucias y miraba la gran sombra de las cubas en el suelo. La puerta solía quedar abierta, y penetraba un aroma a tierra viva. Daniel Corvo bebía uno y otro vaso de vino, miraba a la puerta y aquel trocito de cielo, a veces azul, a veces de un color resplandeciente y extraño. Daniel sonreía, con una sonrisa que hacía comentar a los de Hegroz: «Daniel Corvo se ha vuelto idiota». Cuando la noche bajaba a Hegroz, los ojos azules de Daniel seguían el vaivén del candil de aceite, y el brillo afilado, fugaz, de los vasos de vino entre las manos. El tabernero era un hombre parco de palabras, pero no todos los que allí entraban eran como él. Recordaban al Daniel del otro tiempo, el que corría hierba arriba, hacia los troncos negros y duros, junto a Verónica.
Le veían ahora, al ángulo de la taberna, inclinado sobre la mesa de madera, mirando el borde de la jarra. Alguno se acercaba y le tendía la mano: «Daniel Corvo, ¿te acuerdas?. ». Para Daniel Corvo hablaba entonces una voz de otro mundo, de otros hombres que no eran ellos, que no podían serlo jamás. Le invitaban a vino, tal vez deseaban oír sus quejas, sus lamentaciones, su odio. Pero no podían oírlo («porque tal vez nada de esto existe. Nada más que soledad o indiferencia, nada más que una corteza de hombre, triste caparazón»). Daniel rehusaba las copas y las palabras y se iba al bosque, otra vez. Al bosque, como Gerardo Corvo. Sólo el bosque tiraba de él, cada día más fuerte, a aquella vida consigo mismo, o con su muerte. Huyendo de los recuerdos, de los días que fueron, amargos o felices, en soledad consigo mismo. («La paz que me hace falta»).