Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Por la ladera de Neva, hacia la parte que dominaba el Valle de las Piedras, resonaban hachazos, rumor de sierras y voces de hombre: «Los presos de la leña», como les llamaban en Hegroz, subían todos los días al bosque desde el barracón. Talaban los árboles designados por Daniel y los despedazaban en gruesos tocones, que transportaban al barracón en viajes sucesivos, a lomos de un caballo pardo y traqueteado. Meses antes, Diego Herrera firmó un contrato con Gerardo Corvo, y de este modo quedó resuelto el abastecimiento de leña del destacamento.

A menudo, en sus recorridos, Daniel Corvo encontraba a los «presos de la leña». La cuadrilla salía del barracón a las siete de la mañana y regresaban a las ocho de la noche. Comían en el bosque, entre los árboles, y guisaban ellos mismos su comida. Daniel oía a menudo sus voces, sus llamadas. Veía ascender entre las copas el humo de su lumbre, y le llegaba el olor de sus comidas. En general, parecían capitaneados por uno de ellos, un tal Santa, u otro apodado «El abuelo». A veces, una pareja de la Guardia Civil les rondaba, y más de una ocasión subían a beber un trago con ellos. En el río del barranco, entre las pozas oscuras, ponían a refrescar alguna botella de gaseosa, llevada por un hijo o una mujer de las chabolas. Daniel contemplaba pensativamente aquellas botellas, extrañas entre las piedras, aquellas botas de vino, a la sombra de los helechos.

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