Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la primera hora de la tarde, bajaron los cuervos, gritando. El sol brillaba, total. El rifle estaba inmóvil, en la pared encalada. Daniel Corvo bebió orujo. Le entró en la boca como un estallido de fuego. Salió a la puerta de la cabaña y miró enfrente, hacia abajo, y luego al cielo. No había nada. Había paz. Una paz enorme, espesa, una tremenda paz en todo. En el borde de los bosques, en el borde de las montañas. Por las cumbres, flotaba un manto gelatinoso, desbordado. Daniel sintió algo como unos dedos blandos, calientes, acariciándole desde los hombros al suelo. Tenía la camisa pegada al cuerpo, y el borde de los labios húmedo.
Frente a sus ojos, zumbaba una enorme mosca azulada, verdeante. Entró de nuevo en la cabaña, y se sentó junto a la mesa, abrió el cajón y lo volvió a cerrar. Tenía dinero. Aunque poco, a él le bastaba. Era dinero para comer. Para beber vino. Allá fuera, los árboles se alimentaban de la lluvia, y del viento, de la luz. «Son buenos, los árboles». Volvió a abrir el cajón y miró otra vez el dinero. «Me compraré un perro. Dicen que un perro es siempre un amigo». Daniel Corvo pensó vagamente en los amigos que había tenido. «Da lo mismo: un buen perro». Se acordó de que tuvo un perro, cuando muchacho. Un perro de él y de Verónica. Una tarde, lo atropelló un camión. Fue una tarde de lluvia, ahora se acordaba. Pero qué lejos, qué lejos. Si ahora comprase un perro, y se le muriese, abriría una fosa, allí en el barranco. Lo cogería por las patas traseras y lo iría arrastrando hasta echarlo al fondo de la zanja. Luego, apisonaría bien la tierra.