Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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El cielo brillaba con la luna redonda, cruel, que volvía blanca la hierba, las copas de los árboles. Daniel se apoyó en el tronco de un haya, mirando al cielo, de un brillo total, dorado junto a las montañas lejanas. Del río subía una bruma leve, transparente. Serían apenas las dos de la madrugada. Daniel no podía permanecer en la cabaña. «Las noches que te encuentres muy solo. ». Daniel sonrió, amargamente: «que te encuentres solo». Como si ellos, allá abajo, entre los árboles florecidos y malditos, las palabras malditas, dieran la compañía: «la compañía del hombre está lejos». La compañía del hombre, incomprensible, absurda. «De todas las criaturas de la tierra. ». Daniel se sentó sobre la hierba. Estaba mojada. Brillaba, como nieve, fosforescente; dolorosa, casi, en las yemas de los dedos. «Únicamente el hombre, el hombre, de todas las criaturas de la tierra». Daniel se miró las palmas de las manos, mojadas, blancas. «Yo sé lo que hacen los hombres con los vencidos».

Una tarde recibió una carta. Estaba en el frente, en las trincheras. Una carta de papel amarillento, rayado, escrito con una letra insegura. Verónica había muerto. Su cuerpo, con otro cuerpo dentro, muerto. Un cuerpo suyo, extraño, angustioso. «El hijo de Verónica. Mi hijo. Qué cosa extraña y dolorosa». La carta era de María. Una fregona de las casas ajenas, de las casas confortables que sólo conoció de paso, fugazmente, con su cestillo al brazo. Una fregona, una pobre mujer inculta, cerril, que no servía más que para eso. Para fregar y para llevar toda la amargura dentro. La amargura de los inferiores, de los limitados, de los de abajo. «Verónica murió ayer tarde en un bombardeo la llevaron al Clínico y a las diez se murió estuve a su lado».

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