Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Cuando iban a leñar tenían media hora de siesta, o poco más, después de comer. Se echaban a la sombra, bajo los árboles, en la umbría ladera de las Cuatro Cruces. Abajo, entre la ramazón tupida, clareaba el senderillo por donde regresaban al barracón. Y, más abajo aún, el río: oscuro, rumoroso, frío. Los bosques eran apretados, hermosos, y llenos de sombra. Abundaban los robles viejos, algunos casi milenarios, y gigantescos. Al ir y venir, a menudo tropezaban con tocones, residuos de carbón y otros destrozos.

En el bosque se respiraba un silencio húmedo y cálido a un tiempo. Miguel, a la hora de la siesta, se tendía en el suelo y pensaba. Sobre todo, era preciso no dejarse adormecer, no dejarse aturdir y embrutecer, como los otros, como la mayoría: hombres anulados. Él, no. La vida solitaria, el rancho, el trabajo duro, embrutecían. Todo parecía hecho para que el cerebro se embotase, se detuviera. «Pero yo no. A mí, no». Miguel, echado bajo un roble, con las manos debajo de la nuca, procuraba mantener el pensamiento claro, los ojos fijos, detenidos en las ramas verdes de la copa, contra pedacitos azules de cielo, hasta dolerse. «A mí, no». Mes y pico así, desesperado y esperando a la vez. «Tomás no me abandonará. Él lo dijo, él me lo prometió. Yo sé que no me abandonará». Era imposible, completamente imposible. Descontados los días redimidos por el trabajo, aún le quedaban cinco años. ¡Cinco años! Día a día, minuto a minuto, allí metido, en el valle, en la litera.

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