Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Si le hubieran preguntado a Miguel cuál fue el primer día que se hablaron, seguramente no habría sabido contestar. A menudo lo pensó, sobre todo por las noches, cuando se echaba en la litera con las manos cruzadas bajo la nuca, y se ponía a hacer lista y echar las cuentas del día. La cosa era rara. Y, en cierto modo, en estos momentos, se irritaba un poco consigo mismo. «Uno no está para esas cosas. Una cosa así, tan tonta. Hay que ver: una cosa que conduce a nada. La cabeza se tiene para otros asuntos. Si esto ha de ponerme nervioso, fuera y a otra cosa». Pero luego la veía, hablaban, y se olvidaba de sus propósitos. En realidad no existía nada más que una -¿cómo podría llamarla? - amistad. ¡No: de ningún modo era aquello una amistad! «Un amigo se tiene para otras cosas, un amigo es para que le sirva a uno, para poder pedirle algo». Y aquello era distinto: sus conversaciones, que ya tomaban un carácter prohibido; sus encuentros, que ya se celebraban declaradamente a escondidas.
Con miedo. ¡Si les hubieran atrapado! En el destacamento estaba severamente prohibido el trato con los de Hegroz, las amistades. Y mucho menos tratándose de una mujer. «Qué cosa rara, todo esto. ¡Que se vaya al diablo de una vez! ». Aquella muchacha apareció de improviso, se coló, sutilmente, en su vida de preso. En esa vida que sentía perder estúpidamente, llena de rebeldía y de deseos. «Y no viene a solucionar nada». Esto es lo que le encorajinaba. No venía a solucionar nada. A él no le divertía perder tiempo. Nunca le había sucedido nada semejante en todo lo que llevaba vivido.