Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Miguel Fernández dio dos vueltas sobre sí mismo y estuvo a punto de caerse de la mesa, o cama, o lo que fuera, en que le echaron. Aún no tenía conciencia de dónde se hallaba, sólo se daba cuenta de que se podía caer. Se agarró con las dos manos al borde y, de nuevo, intentó incorporarse. Pero la cabeza le cayó hacia atrás, y se hundió otra vez en el odioso humo. El humo, el temido humo aquel, que le hundía, le llenaba de temor y de vértigo. Se agarró con más fuerza. Su cabeza, por dentro, «era distinta», y él lo sabía. Lo sabía de un modo vago, con angustia. Intentaba coordinar pensamientos, ideas. Pero no podía. Dentro de su cabeza flotaban una serie ininterrumpida de palabras, de retazos, de inquietantes fragmentos de diálogos. Sentía sudor frío en la frente y en el cuello. El resto del cuerpo, excepto sus manos en desesperada búsqueda, parecía no existir. Deseó unir los fragmentos dispersos en su memoria, y no podía, no podía.

Llegaban voces. Voces que le hablaron antes y volvían ahora, mezcladas, repetidas. Palabras del jefe, de Santa, del cocinero, de sus compañeros: los compañeros de presidio, y los otros, los de antes, los envidiados, los despreciados, los aborrecidos, los tolerados, y, sin embargo, amigos, amigos en su única acepción posible. No sabía cómo llegaban a él todas esas voces, descoyuntadas y repetidas, devueltas, sin sentido ya.

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