Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
En la mañana del 25 de agosto, Isabel Corvo tomó el camino de Neva. Hacía días que deseaba hacerlo, pero no se atrevía. Se despertaba temprano, casi al amanecer, y se sentaba en el lecho, mirando hacia las paredes de la habitación. «No puede volver. El tiempo no puede volver». Iba a la iglesia, a aquella iglesia de piedras rojizas, doradas, bajo el sol del estío. A los pies del retablo con racimos de oro, ángeles de oro, frutas y corazones de oro, Isabel Corvo, en la sombra de la iglesia, buscaba el confesonario. Se arrodillaba junto a la reja, con la mantilla bajada, leve, hasta sus ojos, y en la oscuridad su rostro parecía una manchita blanca, pobre. Las palabras se agolpaban en su garganta cuando la rejilla se abría. El párroco era un hombre viejo, el mismo que oyó sus primeras confesiones. («Pero yo vivo en pecado mortal, porque la verdad, la verdad de mi soledad, la que yo sé cuando estoy sola y desnuda de toda apariencia, nunca la dije.
La verdad que yo misma me escondo, que yo misma me falseo»). Isabel Corvo cruzaba las manos sobre su pecho enfundado en seda, y hablaba de su dureza, de sus escrúpulos, de sus costuras en domingo. Pero el nombre que se hubiera abierto en sus labios como fuego no se pronunciaba nunca.