Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
«Me gustaría mucho conocer el mar, aunque sólo fuera verlo de lejos». Lo dijo Mónica, la tarde anterior. Él se quedó sorprendido. «¿Es posible que nunca lo hayas visto? ¿Ni siquiera en el cine? ». Mónica parecía un poco avergonzada. O rabiosa, tal vez. Y dijo: «No. Tampoco en el cine. Nunca he ido al cine». Parecía mentira, pero bien pensado, la cosa era natural. La chica vivía allí metida, desde siempre. Al pasar por la ladera de las Cuatro Cruces, miró con más detenimiento hacia La Encrucijada, donde la chica le dijo que había nacido. Era una casa grande, de piedra, con tejado rojizo, rodeada de árboles y de prados, de choperas y de campos de labranza. No tenía vallados, ni tapias. El río cruzaba la tierra, tras el pabellón de los aparceros y las cuadras, con aspecto de abandono y medio ruina. Tenía un aire triste aquella casa. A Miguel no le gustó. De pronto, sintió una cosa rara. Algo así como un poco de lástima, de piedad, hacia la chica de la fuente. Parecía que estaba muy sola.
No debía de tener amigos en ningún lado. Ni en Hegroz ni allí, en la casa. «Todos son viejos en mi familia», le había dicho ella. Y cuando supo que él había nacido al borde mismo del mar, se le encendieron los ojos. «El mar», dijo, como si fuera algo extraordinario, mágico, en lo que no se atreviera a creer del todo.