Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
El diez de septiembre se levantó en Hegroz un viento bajo y frío, que arrastró hacia el río, por las calles, hojas y vestigios de paja. Las gentes ya iban a la leña, y volvían con los caballos cargados de ramaje seco, crujiente como pan tostado. Por los caminos, los hombres y los niños bajaban de los bosques, con mirada furtiva de ladrón. Daniel merodeaba por Neva y Oz, pisando la hojarasca muerta. El viento penetraba por el cuerpo, como un alma. Daniel tenía frío en las manos, en el rostro. Entre los troncos, más oscuros ahora, el viento silbaba de un modo triste y largo. Lejos, se oían golpes de hacha y alguna esquila, como una estrella perdida entre los árboles.
Atardecía cuando pasó por el camino bajo de Oz, hacia Cuatro Cruces. Los presos del Valle de las Piedras recogían las últimas cargas de leña. Aquellos árboles no los hubiera jamás vendido Gerardo, de no ser por la proximidad del pantano. Los viejos robles segados, parecían mesas enormes, con su corazón blanco y húmedo, increíblemente humano. Daniel se detuvo a contemplarlos. Santa se le acercó, solícito. Le habló de cosas vulgares, de los árboles y del frío del invierno. Daniel le escuchaba sin darse cuenta. Miraba aquellos ojos negros, hundidos, aquella sonrisa triste y confiada, y sentía un dolor lejano, tal vez perdido. Le ofreció un cigarrillo, que el otro aceptó ávidamente. Los vio marchar. El último era un muchacho, casi un adolescente. Iba detrás del caballo, el último, con la cabeza un poco inclinada hacia el suelo, una cabeza pensativa y cerrada, rosca. «Éste estaba herido en un pie, hace poco. Aún cojea».