Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.
Era algo extraño, que no se podía explicar, ni pensar, casi. No daba tiempo. Se despertaba muy temprano, y ya lo sabía. Hacía rato que lo sabía: detrás del sueño, antes del sueño. Y, sin embargo, le resultaba nuevo, sorprendente. Abría la ventana. El cielo anaranjado, apenas amanecido, resplandecía sobre Sagrado y Cuatro Cruces, sobre el malva dolorido del otoño naciente, sobre las piedras y el agua. Mónica se sentaba en el antepecho de la ventana, con la cabeza vuelta hacia el gran cielo, el cielo enorme que tenía algo de lago aprisionado, de mar, sobre el cerco del Valle. Mónica no sabía lo que sucedía para que, de pronto, todas las cosas hubieran cambiado. La luz era distinta, distinto el balanceo de la hierba, en el prado, distinto el rumor del río y el del viento. También ella. Se miraba en el espejo que había sobre la cómoda: los ojos, azules, oscuros, encerrados con su secreto y su sueño. Algo cambió, también, dentro de los ojos.
Se echaba hacia atrás los rizos cortos, dorados, se miraba la frente y se decía: «He crecido». Dentro, más allá del pensamiento y del corazón, en un lugar no conocido donde el alma fluía, como el agua, sabía que moría y nacía, que terminaba y que empezaba. Que el dolor tenía un sentido diferente, que la felicidad no se da gratuita. Que las cosas, los sentimientos -la voluntad y el miedo, la ternura, la libertad y el sueño-, como las mentiras, la ceguera y el olvido, tienen precios concretos e ineludibles. Que la vida se paga.