Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

Explore "Los hijos muertos" by Ana María Matute on Textopian. Read with annotations and highlights.

Al bajar el viento al Valle de las Piedras se arremolinaba, giraba, formaba un embudo largo y amarillo, en el que se deslizaban los papeles sucios, las tristes y quemadas cáscaras de las chabolas apiñadas entre las ruinas. Las chabolas se apoyaban en paredes medio derruidas, entre latas oxidadas, juncos, fragmentos de uralita y viejas mantas agujereadas, resecas por el sol. Sus techumbres, de ramaje, planchas de hojalata mohosa y maderas medio podridas, se defendían del viento con piedras y ladrillos. Aun así, al soplar el viento desde Oz o de Neva, aquel mundo frágil se conmovía y temblaba, como cosa de niños.

La tarde del 13 de septiembre, mientras las mujeres preparaban la cena sobre sus cocinillas de piedras y ladrillos de desecho, llegó el viento, filtrado desde Neva. Como un grito redondo, largo, levantó las cenizas y apagó las llamas primeras, arrastró las cacerolas ahumadas con un ruido opaco, sobre la tierra, y lanzó por los aires un techuelo, con alboroto de latas oxidadas al caer sobre las piedras del río. La ceniza de las cocinillas dio contra los ojos y las bocas de los niños, de las mujeres, de los perros. Llovieron sobre sus cabezas las hojas desprendidas del bosque cercano, como suspendido sobre sus cabezas. Se llevó una prenda zurcida, desteñida por mil lavadas, de las tendidas sobre los espinos, y la arrastró hacia el río, entre las lamentaciones de su dueña, fatigada y sucia. El viento avanzaba sombrío y solemne, temido, hermoso, con su polvo espeso y acre, con sus hojas arrancadas, con sus mil gritos lejanos como voces de muertos que quisieran vengar la tierra perdida.

Reading navigation