Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Allí estaba la luna de todas las noches, en aquel trozo de tierra que parecía envolverle a uno, triturarlo. La luna, con su cara beata, de recién comida, redonda, ahíta y sumida en una felicidad pastosa, abotargada. Como todo. Como todos. Sin esperanza de nada, sin recuerdos. Si acaso, alguna tristeza leve, empapada de nostalgia antigua, brotando de algún rincón ignorado, fácilmente sofocada por la paz. Esa paz extraña, oprimida contra la tierra, obturando, congestionando. Allí estaba la luna, apoyando su cara redonda y estúpida contra la montaña, asomada a las ventanas enrejadas, al río, al rancho abundante, al trabajo de la presa, al fragor de la turbina, de la trituradora, de las grúas, de las vagonetas. Un resplandor surgía de entre las montañas: el vaho tembleante y rojizo de la luz que alumbraba el trabajo nocturno. Allí, los Leoz, Navarro, López, Serrador: paletada a paletada, debajo de la luna redonda, de la paz y del silencio, del orden.

Aquí, él: con la frente apoyada en la reja, con los puños apretados, hasta clavarse las uñas en las palmas. «Se me está pudriendo la vida». La vida eran años, días, horas. Era minutos. Entonces, en aquel minuto, la piel respiraba y vivía despacio y monstruosamente de prisa: «Yo no me pudro en este valle». Y la voz de Santa, repitiendo: «Es bueno. Se está muy bien aquí. No es como allá. ». (La cárcel. Allá, la cárcel. Allá, la cárcel. «Madrid, Barcelona, Valencia. , ¿qué importa? Los hombres de la cárcel hacen a veces cosas extrañas. En el patio de la cárcel de Barcelona caen las crías de los pájaros. Los hombres de la cárcel cogen a las crías y las alimentan con migas de pan, con restos de comida, y les ayudan a tragar, suavemente, acunándolas en la mano floja y tibia, con un palito. Los pájaros crecen, vuelan, y el año siguiente, a la vez, les traen sus crías. A los hombres de la cárcel se les posan los pájaros en los hombros, en la palma de la mano. Es extraño.

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