Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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Serían algo más de las seis y media de la tarde cuando Mónica enfiló por el camino de tras la chopera, hacia el Valle de las Piedras, corriendo, como de costumbre. Toda la tierra parecía esponjarse en su olor oscuro, penetrante. Junto al río, las piedras parecían barnizadas por la humedad. No se oían ni pájaros ni viento alguno. Sólo una luz espesa se prendía entre los troncos más alejados. A previsión, Mónica se echó el abrigo sobre los hombros, porque el frío llegaba de prisa.

Lucía estaba allí, como siempre. Al verla hizo un gesto con la cabeza, como diciéndole: «Sí: ya te he visto». Mónica se paró justo al borde del río, sin atravesarlo. Las chabolas se alineaban al otro lado, formando un pueblo diminuto, mísero. Al cabo de un momento, Lucía le llamó con la mano. «Ven», decía. Mónica cruzó el río, sobre las pasaderas. Las piedras, resbaladizas, entre la corriente, parecía que huyeran bajo sus pisadas.

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