El tercer hombre by Graham Greene — Read

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El domingo cubrió Viena de una falsa paz; el viento había amainado y desde hacía veinticuatro horas no nevaba. Todos los tranvías de la mañana iban llenos de gente hacia Grinzing, donde se bebe el vino nuevo, y hacia las pistas de nieve de las colinas de las afueras. Al cruzar el canal, por un puente militar provisional, Martins tuvo conciencia del vacío de la tarde: los jóvenes habían salido con sus trineos y sus esquís y lo que le rodeaba era la somnolencia de los viejos después de una comida. Un poste indicador le avisó que estaba entrando en la zona rusa, pero no había señales de ocupación. Se veían más soldados rusos en la Ciudad Interior que allí.

No había avisado a Kurtz de su visita adrede. Mejor no encontrarle en casa que encontrarse con una recepción preparada especialmente para él. Se preocupó de llevar encima todos sus documentos, incluido el laissez-passer de las cuatro potencias que le permitía transitar libremente por todas las zonas de Viena. Había una quietud extraordinaria en la otra orilla del canal, y un periodista melodramático hablaría de terror silencioso, pero la verdad era simplemente que las calles eran más anchas, que los daños provocados por las granadas eran mayores, y que había menos gente, a lo que se añadía que era domingo por la tarde. No había nada que temer, pero a pesar de eso, en aquella enorme calle vacía donde escuchabas tus propias pisadas, era difícil no mirar atrás.

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