Amores by Ovid — Read

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Créese que se oculta el templo de una divinidad cierta antigua selva / que en muchos años no ha conocido los golpes de la segur; brota allí / sagrado manantial bajo una gruta tallada en la roca, y las aves gorjean / dulcemente por todas partes; allí me paseaba protegido por la sombra de / los árboles, absorto en la obra que había de producir mi Musa, cuando se / me acercó la Elegía con los cabellos perfumados y bien dispuestos, / pareciéndome que el uno de sus pies. era más largo que el otro: el porte / distinguido, la túnica transparente, el aspecto de enamorada y hasta el / vicio de los pies contribuía a realzar sus gracias. Acercóseme también a / grandes pasos la violenta tragedia, cuyos cabellos flotaban en la / frente amenazadora, barriendo el suelo con el manto; en la mano / izquierda empuñaba orgullosa el cetro real, y el coturno de Lidia / ennoblecía sus plantas, y me dijo la primera: «¿Cuál será el fin de tus / amores, ¡oh poeta!, tan remiso en desenvolver tu argumento?» En los / báquicos festines se comentan tus locuras lo mismo que en las angostas / encrucijadas. Con frecuencia el dedo de alguno señala al vate que pasa, y / exclama: «Éste es el que se siente devorado por un amor intenso.»

Sin percatarte eres la fábula de toda la ciudad, cuando falto de / pudor relatas tus trapisondas. Ya es tiempo de que empuñes el tirso con / vigoroso aliento, harto has descansado; acomete empresas de mayor brío. / Achicas tu ingenio con la insignificancia de los asuntos; celebra las / hazañas de los héroes, y gritarás con razón: «Tal gloria estaba / reservada a mi esfuerzo. » «Tu ilusa juguetona se recrea en componer / cantos que repiten las bellas, y en tan frívolo empleo pasaste la / primera juventud. Ya es hora que por tu genio conquiste un nombre la / tragedia romana; lo tienes de sobra para desempeñar tan alta misión.» / Así dijo, se irguió arrogante en los nobles coturnos y sacudió tres o / cuatro veces la cabeza poblada de espesa cabellera. La otra, si mal no / recuerdo, sonrió mirándola de reojo. ¿Me equivoco, o llevaba en la mano / una vara de mirto? «Orgullosa Tragedia -le responde-, ¿por qué me / intimidas con frases amenazadoras? No puedes dejar un momento tu / severidad. A pesar de esto te has dignado acudir al empleo de medidas / desiguales, y me has atacado con los versos que me son propios. Yo no / pondré en parangón tus cantos sublimes con los míos; tu suntuoso palacio / aplasta tu humilde cabaña.

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