Subcapítulo 10
Parte 3: Tercera Parte · Capítulo 3: Caballería Cristiana
SUBCAPÍTULO X
Subcapítulo 10Visible text2 paragraphs
A moco y baba lloraba la ciega oyendo estas fervientes razones, y las otras dos mujeres no volvían de su estupefacción. Nada quiso objetar Mancebo, no porque le faltaran argumentos, sacados de su acendrado positivismo, sino porque se encontraba en minoría, y temió deslucirse. «Bueno; todo eso está muy bien -dijo al fin. No seré yo quien descomponga el altarito. Acepto mi papel, y creo que para que esto marche, Sr. D. Ángel, para que esto vaya como por carriles, lo primero es ir en busca de los fondos. Conviene, pues, que me dé usted un vale, o.
Pareciole bien al otro esta previsión, y pidiendo pluma y tinta, escribió en un librito talonario que siempre llevaba consigo, y arrancada la hoja, se la dio a Mancebo, que presuroso salió a tomar el aire con ella. ¡Cuánto mejor se estaba en la calle que en aquel antro ahogado y mal oliente, oyendo gemidos de dolor, y mirando tanta miseria y desorden! Una de las dos vecinas llevose el niño pequeño a su casa, y la otra se prestó a cuidar de la enferma sin ningún estipendio, por puro espíritu de compañerismo y caridad. Ambas recelaban que Zacarías armase al venir una grandísima tracamundana; mas contra la general creencia, ninguna tragedia ocurrió al presentarse el forjador de aceros, quien si al pronto oyó displicente y ceñudo las explicaciones de Ángel, al poco rato de oírlas mostraba indiferencia de cuanto allí pasaba. Parecía hombre en quien se habían secado las fuentes del sentimiento y de la piedad. Por de pronto, la idea de que todos los gastos corrían de cuenta de aquel señor desconocido, que por las trazas debía de ser o pastor protestante o jefe de alguna congregación filantrópica de las muchas que salen ahora, fue mano de santo para domarle, pues estaba comido de trampas y acosado de usureros voraces. No mostró gran interés por su esposa ni por los niños.
