Los hijos muertos by Ana María Matute — Read

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El cielo estaba de color plomo, sin una sola nube. Solamente allá lejos, sobre las crestas de Oz y de Neva, llameaba un tinte rojo vivo. En la explanada se encendieron hogueras. Algún matrimonio se perdió entre las matas y los primeros árboles, en el principio de la montaña. Los niños prendían fuego a unas aulagas, de las que brotaba un humo denso, verdoso (un raro humo de brujas), y con largos palos golpeaban el fuego.

Dentro del barracón, «los importantes» bebían rondas y rondas de coñac y anís. Debían ser ya las siete de la tarde: quizá más. Los curas ya cruzaban el puente y trepaban por el caminillo, hacia la carretera, donde les aguardaba el camión. Les acompañaba el alcalde, con paso vacilante. Dentro del barracón, aún, los de la Empresa, el médico, el secretario, Daniel Corvo. Había un denso humo de cigarros, de palabras, de copas. Por la ventana abierta se veían sus cabezas y llegaban sus risas y el resplandor de la luz. El número Quílez y el número Chamoso se hicieron fotografías en grupo, con los presos; y también el párroco y el encargado de la Compañía. Santa y otros tres representaron un fragmento de algo. Fue un éxito: les aplaudieron mucho. En el cuarto de la «Oficina», junto a la máquina de escribir y a los sacos de patatas arrimados a la pared, bailaban, sobre una mesa, Soriano, Méndez, Aquilino Paredes y Ambrosio Carrero.

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