
«Las tres infancias» es un artículo costumbrista de José María de Pereda, escrito como contribución a una velada benéfica organizada por el alcalde de Santander, don Tomás C. de Agüero, y leído en público en esa ocasión. El texto narra, en primera persona, una tarde de deambulación reflexiva que acaba convirtiéndose en una meditación filosófica sobre las etapas de la vida humana. El narrador, incapaz de hallar inspiración para el encargo pese al apremio del tiempo, sale a sentarse en un banco al aire libre, donde se deja llevar por distracciones banales: traza figuras en la arena, retrata amigos de perfil, observa a los transeúntes. Su atención queda capturada por un grupo de niños que juegan al marro. Uno de ellos, el pequeño Pedrín Venabé de los Santos, cae al suelo perseguido por su rival, el travieso Gabrielón. El narrador recoge al niño, limpia sus lágrimas y entabla con él un diálogo encantador: Pedrín relata la disputa con Gabrielón, nacida de la envidia escolar, y declara que de mayor quiere ser general para, ante todo, arrestar a su enemigo. El narrador acaba reconciliando a los dos rivales mediante el señuelo de estampas y baratijas extraídas de su cartera, tras lo cual la banda entera lo desvalija con la natural desvergüenza infantil y desaparece en cuanto nada queda que arrebatarle. A continuación el narrador repara en un grupo de jóvenes en el banco de enfrente, los llamados «gomosos» o «sietemesinos», mozos en esa edad ingrata y desgarbada entre la niñez y la madurez. Los escucha hablar con grandilocuencia de amores, de talento literario, de duelos y de la filosofía del sastre; los observa transformarse en cuanto pasan unas jóvenes y seguirlas entre suspiros y alardes. Reflexiona entonces que estos adolescentes no son sino otros niños: juegan al amor, al genio y al heroísmo exactamente igual que Pedrín y sus camaradas juegan al marro, con la misma equivocación gozosa y la misma incapacidad de verse a sí mismos. El tercer personaje llega poco después: un anciano octogenario que busca con ansia el rayo de sol que el narrador acaba de abandonar. Es don Moisés, viejo conocido de los niños del barrio, que cada tarde acude al mismo banco cargado de caramelos, rosquillas, estampas y «paciencias». En cuanto los niños lo divisan, lo asaltan con idéntica algazara con que antes habían asediado al narrador; él los distribuye golosinas, arbitra sus peleas —incluida una nueva escaramuza con Gabrielón—, y encuentra en su compañía la única alegría que le queda. El anciano mismo explica su filosofía: quien tiene por delante solo una tumba y una mortaja necesita volver los ojos atrás; los niños son los viajeros que llegan mientras él parte, y conversar con ellos prolonga los momentos de parada antes del trayecto definitivo. Con este tercer ejemplo, el narrador formula la tesis central del artículo: el hombre conoce al menos tres infancias necesarias —la niñez propiamente dicha, la adolescencia y la vejez—, a las que habría que sumar todas las infancias accidentales que jalonan la vida adulta: la vanidad del que se enorgullece de un galardón inmerecido, la pedantería del que colecciona títulos nobiliarios, la coquetería del viejo que se admira ante el espejo. El hombre es, en el fondo, un niño perpetuo. Pero el narrador distingue dos caras de esa condición: el niño que es también ángel —el anciano caritativo, el que dedica su vida a la ciencia o a las letras en beneficio ajeno— y el niño que se convierte en tigre carnicero en cuanto aparta a Dios de su conciencia. La consolación final reside en que junto a la crueldad y la ambición que llenan la historia, Dios infundió en los buenos el sentimiento de la caridad como ejemplo para los verdugos y consuelo para los perseguidos. El artículo cierra con un regreso a su propio marco narrativo: la tarde pasó, la inspiración nunca llegó, y el narrador se presenta ante el público como un reo ante el tribunal, ofreciendo como únicas razones atenuantes la honestidad de sus dificultades y la buena voluntad de un ingenio que, si pobre, no es mañoso.
By José María de Pereda · First published 1878 · Genre: Essay, Philosophical Literature, Social Critique · 6,415 words
AL SEÑOR DON TOMÁS C. DE AGÜERO
Las tres infancias is listed on Textopian as a short story by José María de Pereda, dated 1878 CE.
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