Más reminiscencias

Más reminiscencias de José María de Pereda

«Más reminiscencias», de José María de Pereda, es un texto memorialístico en el que el autor encadena recuerdos de su infancia y juventud en Santander, siguiendo el principio que atribuye a Madame de Sévigné: los recuerdos se tiran unos de otros como las cerezas en una canastilla. El episodio central y más extenso gira en torno al ingreso de Pereda en el Instituto Cántabro para cursar la segunda enseñanza. La circunstancia que convierte ese paso en una experiencia traumática es que el titular de la cátedra de latinidad para minoristas, el apacible don Santiago de Córdoba, se hallaba de viaje por motivos de salud, y su cátedra había sido encomendada interinamente a don Bernabé Sáinz, catedrático de medianos, mayores y Retórica, figura de terror legendario entre los estudiantes santanderinos de la época. Pereda describe con minucia la primera visita a la cátedra, acompañado por su padre: el salón austero, los bancos de pino repletos de muchachos encogidos, la mesa con el atril de balas de plomo, el bastón de ballena con puño de plata y el manojo de varas de distintos gruesos y maderas. La descripción física de don Bernabé es precisa e inquietante: frente angosta, ojos pequeños, boca grande, pómulos salientes, cabeza menuda, cutis rugoso de marfil arrancio, vestido con escrupulosa pulcritud. Al entregar el papelejo de matrícula, el dómine lo devuelve sin anotar el nombre del alumno con la frase: «No hay para qué. No se me olvidará». Esas palabras quedan grabadas en Pereda como una sentencia. El texto ofrece después una descripción sistemática del régimen de la cátedra: cada alumno era examinado por un «tomador» designado por el maestro, y cuatro «puntos» —es decir, cuatro errores en la recitación literal— constituían «malè». Las penalizaciones, siempre físicas, incluían varazos, bastonazos, golpes con la caja de rapé, sopapos, pellizcos, el atril de las balas arrojado a la cabeza, confinamiento en el calabozo y denuestos públicos. Lo que Pereda subraya como más angustioso no es el dolor en sí, sino la imprevisibilidad absoluta del castigo: don Bernabé nunca se enfurecía visiblemente, hería a sangre fría, y los rayos caían sin nube que los anunciara. Se narra con especial patetismo el caso del sobrino de don Lorenzo «el Pegote», un muchacho marinero de la calle Alta, prácticamente analfabeto, al que su tío —un cura excéntrico que acabaría recogido en la Casa de Caridad— había obligado a cursar latín. Incapaz de asimilar ni las declinaciones más simples, el chico era perseguido sin tregua por don Bernabé, que le ensangrentaba las encallecidas palmas de las manos a varazos, mientras el tío, en lugar de protegerlo, lo vapuleaba en casa al recibir el informe del dómine. Antes de cumplirse un mes, el muchacho abandonó los libros y volvió a la pesca, decisión que Pereda juzga sabia y misericordiosa. El retrato de don Bernabé se complica con su lado involuntariamente cómico: hombre de cortísimos alcances fuera de los carriles del Arte de latín señalado como texto, recurría sistemáticamente a oraciones de temática culinaria y se veía en apuros ante palabras modernas sin equivalente latino —«chocolate», «arroba», «Carriedo»—, que resolvía con circunloquios laboriosos o con la simple imposición de un término improvisado, siempre seguida de palos si el alumno no lo aceptaba con suficiente rapidez. Pereda ilustra cómo estos momentos cómicos terminaban invariablemente en tragedia: reír con el tigre era exponerse a la zarpa. La clave interpretativa del personaje la ofrece el propio Pereda en la segunda mitad del texto: fuera de la cátedra, don Bernabé era el hombre más inofensivo, sencillo y bondadoso que se pudiera imaginar. Con sus pupilos era un padre cariñoso; a sus exalumnos los seguía con orgullo y afecto durante años; velaba a su mujer enferma noche tras noche sin descuidar la cátedra; su integridad era rayana en manía —el episodio del cobro de la paga lo demuestra: insistió en recibir el importe íntegro solo para devolverlo con su propia mano—. La explicación que ofrece Pereda es que don Bernabé enseñaba como lo habían enseñado a él: a estacazos, en tiempos en que esa era la norma. La costumbre se había convertido en naturaleza; el fanatismo por la enseñanza, en demonio que lo poseía únicamente dentro del aula. La implantación del nuevo plan de estudios lo transformó: siguió siendo fiera, pero con bozal y sin uñas; perdió el entusiasmo y la brújula. Enviudado, se casó con su criada, y la población le tributó una cencerrada de tres noches que él dispersó a tiros desde el balcón. Murió en la epidemia de cólera que asoló Santander en 1865, acudiendo a clase ya invadido por la enfermedad y retirándose solo cuando llegó la hora reglamentaria, para meterse en cama y morir cristianamente. Pereda cierra el episodio con un juicio ponderado: las crueldades de don Bernabé, aunque lamentables, fueron más hijas del tiempo, las costumbres y las leyes que las toleraban que del corazón del hombre; por ello, el dómine no es indigno de la estimación de las gentes de bien. Pero el recuerdo tiene, declara el autor, una función moral: sacar esa barbarie «al rollo» como lección para incautos y advertencia de que algo de ella podría pervivir aún en los centros de enseñanza.

By José María de Pereda · First published 1878 · Genre: Memoir, Essay, Social Realism · 4 chapters · 7,834 words

First lines

Creo que fué Mad. de Sévigné quien dijo que sucede con los recuerdos lo que con las cerezas en canastilla: se tira de una y salen muchas enredadas. Los evocados en el cuadro anterior traen á mi memoria otros mil, íntima y necesariamente encadenados á ellos.

El primero que me asalta es el de mi ingreso en el Instituto Cántabro; suceso por todo extremo señalado en aquella edad y en aquellos tiempos, y muy especialmente para mí, y otros pocos más, por las singularísimas circunstancias que concurrieron en el _paso_, verdaderamente heroico y transcendental.

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memorias · autobiografía · reminiscencias · reflexión personal · literatura española · siglo XIX · narrativa de vida · recuerdos · historia personal · Cantabria · prosa lírica · experiencias vividas

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