
Reminiscencias* es un ensayo costumbrista en el que Pereda confronta la infancia de su generación santanderina con la de los niños de su época, extrayendo de esa comparación una reflexión moral sobre el tiempo, la escasez y la capacidad de asombro. El texto arranca con una observación aparentemente trivial: el autor contempla en la alameda el enjambre de niños que la invaden en horas de paseo, vestidos con ropas ricas y variadas, cargados de juguetes perfectos fabricados en serie por la industria moderna. Esa visión le traslada inmediatamente a su propia infancia, y la distancia entre ambas imágenes se convierte en el motor de toda la obra. La primera y más extensa comparación es la del vestido. Pereda describe con precisión casi arqueológica el atuendo infantil de su tiempo: el calzón fruncido en la cintura con su desproporcionada *culera*, la blusa con mangas y puños ajustados, el *vuelillo* blanco que agotaba el ingenio y la paciencia de las madres, los borceguíes de cuero hediondo y la gorra de pana morada con su aro interior y sus borlas de canutillo. Ese conjunto, siempre heredado del año anterior, pasaba de la categoría de *vestido de los domingos* a *vestido de todos los días* a medida que acumulaba refuerzos, rodilleras, medias mangas y remiendos. La escena de la madre en la tienda de telas —regatando media hora sobre el cuarto de más o de menos en vara, eligiendo al fin el retal más infame sacado del último rincón— condensa con humor preciso la economía doméstica de la época y la resignación de los niños, que veían derrumbarse sus ilusiones ante la tela gris y marchita destinada a durarles cuatro años. La segunda comparación, igualmente pormenorizada, recae sobre los juguetes. Mientras los niños modernos disponen de sables de hierro bruñido, pistolas con articulaciones y coches que imitan a los reales, la generación de Pereda solo podía adquirir canicas, plomos y botones. Todo lo demás debía fabricarse a mano, con un cortaplumas viejo de hoja torcida. El autor describe uno por uno los objetos resultantes: la espada de vara hendida con empuñadura de palo cruzado; el fusil tallado en astilla de cabretón a fuerza de días de trabajo; el arco de ballena de paraguas con cuerda de guitarra; la pelota construida con hilos de goma extraídos de tirantes viejos, masticados durante horas, envueltos en cintos y forrados de badana; el látigo de cabos heterogéneos untados de pez para que tronase bien; y sobre todo el taco de saúco, cuya obtención exigía una expedición entera a las huertas de Cajo o Pronillo, trepar arbustos ajenos, cortarse las manos con el cortaplumas, huir del dueño a la carrera, descubrir con desolación que la rama arrancada era hembra —con demasiado pan en su médula—, y volver a empezarlo todo. La adquisición de cualquier pieza pasaba además por un mercado de trueques entre muchachos, en el que canicas, botones, tachuelas y astillas de pino circulaban como moneda de cambio. Intercalada en este inventario, la memoria convoca las batallas campales que aquellas armas de palo y papel protagonizaron en los Cuatro Caminos y en el paseo del Alta. Pereda recuerda haber sido cabo primero de la compañía del capitán *Curtis*, a las órdenes del general *Saba*, y señala con orgullo que aquel capitán de juguete —disciplinado, imaginativo, exigente— llegó a ser uno de los coroneles más brillantes del ejército español. El ensayo se cierra con dos evocaciones sensoriales que funcionan como emblemas de la intensidad con que la infancia escasa graba sus experiencias: el olor del betún de los borceguíes nuevos puestos debajo de la cama el sábado por la noche, y el olor del teatro la primera vez que el autor entró en él, de niño, solo, asistiendo con deslumbramiento total a la bajada de la araña de aceite, al telón con las nueve Musas y Apolo, a la música de la polka primitiva y el himno de Vargas, y finalmente al alzamiento del telón durante la representación de *El hombre de la Selva Negra*. Frente a esas emociones indelebles, Pereda opone la aridez del niño moderno, que no recuerda el juguete recibido tres días antes porque cada semana recibe varios, que no siente nada al estrenar ropa ni al ir al teatro porque ambas cosas son rutina, y que ha estado ya tres veces en París con su madre antes de saber hablar. La misma inflación alcanza a los títulos y cargos públicos: en su infancia, la sola mención de un ministro o un jefe político imponía reverencia; hoy, la mayoría de los transeúntes los han sido ya o aspiran a serlo. La tesis que el autor defiende no es simplemente la del anciano que añora su juventud —él mismo se adelanta a rechazar esa lectura—, sino la de que la abundancia embota la memoria y atrofia el asombro, mientras que la escasez convierte cada objeto y cada experiencia en algo imperecedero. *Reminiscencias* es, en definitiva, un elogio paradójico de la carencia como condición del recuerdo vivo.
By José María de Pereda · First published 1877 · Genre: Personal Essay, Nostalgic Literature, Social Commentary · 7,286 words
Esto de comparar tiempos con tiempos, no es siempre una manía propia de la vejez, como la fama asegura y muchos ejemplos lo acreditan.
Manía es, en los que se van, creerse de mejor madera que los que vienen, porque la raza humana, desde Caín acá, ha variado muy poco en el fondo; pero ¿quién podrá negar que en el siglo que corre, como en ningún otro, los usos y las costumbres y el aspecto exterior de los hombres, ofrecen notabilísimas diferencias, de generación en generación, de año en año, de día en día?
Reminiscencias is listed on Textopian as an essay by José María de Pereda, dated 1877 CE.
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